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20°15′ S  67°30′ O

 

MARTA MANTECÓN

 

“Ese panorama cero parecía tener ruinas al revés, esto es, todas las nuevas construcciones que finalmente se construirían”.

Robert Smithson[1]

 

 

La fotografía se encuentra dividida en dos partes claramente diferenciadas: el cielo y las montañas al fondo, ocupando el tercio superior de la composición, teñida de azul, y la tierra en la parte inferior, formando una gran superficie blanca que destaca por su planitud y también por su vacío.

 

El mismo esquema se repite en todas las imágenes que vertebran la serie, con alguna pequeña variación, trasladándonos a las coordenadas geográficas donde se localiza el Salar de Uyuni (20°15’ S  67°30’ O), posiblemente, uno de los espacios más desconcertantes del planeta. Se trata de la mayor extensión salina de la Tierra, al suroeste de Bolivia, en el corazón de los Andes, a más de 3.600 metros de altitud; un lugar inhóspito, agreste y hermoso que conforma un paisaje lunar, casi irreal, bañado por una luz mágica que transforma la planicie blanca en un gigantesco espejo. La monotonía de la llanura tan solo se ve interrumpida por las rodadas de los vehículos que lo recorren habitualmente señalando el rastro humano en el paisaje, algún turista, una vegetación escasa dominada por cardones gigantes o las colonias de flamencos que habitan el altiplano. El relieve de este desierto albino encuentra su cota más alta en el volcán Tunupa, “la más bella de las montañas” que, según las leyendas locales, encarna a una joven que derramó sus lágrimas mezcladas con la leche de amamantar a su hijo, dando origen al gran lago salado donde se asentaron las primeras comunidades quechuas y aimaras, hoy convertido en un importante foco de turismo internacional.

 

Miguel Ángel García parece sentirse atraído por esos lugares de grado cero “donde lo material golpea la mente, donde la ausencia se hace patente, atractiva, donde la desintegración del espacio y el tiempo se manifiesta”[2], tal como los definiera Robert Smithson, que también quedó fascinado por otro gran lago salado en el desierto de Utah. Tras concluir la serie Independencias, que le llevó a recorrer durante cuatro años las veintisiete capitales que formaban la Unión Europea por aquel entonces, el fotógrafo opta por alejarse de las grandes urbes contemporáneas para emprender un nuevo proyecto en el desierto blanco de Uyuni, sin duda, grado cero del paisaje.

 

Hasta ahí todo normal. Sin embargo, hay un elemento extraño que incorpora una nueva capa de información. Varios centenares de baterías se amontonan caóticamente sobre el paisaje natural componiendo otro paisaje artificial de carácter entrópico que parece querer emular el desorden inherente a un sistema enunciado por el segundo principio de la termodinámica. Los acumuladores eléctricos, minuciosamente delineados, destacan por su volumen frente a la planitud de la superficie blanquiazul que le sirve de fondo, pero también por su color rojizo, que de alguna manera recuerda las comunidades de flamencos que anidan en la zona. En el resto de imágenes que conforman la serie, estos conglomerados de pilas y baterías adoptan toda suerte de configuraciones: una construcción, una ciudad, una montaña y hasta una cadena de ADN. En algún caso, llegan a teñir la composición de rojo hasta borrar el paisaje por completo. Pero ¿por qué incluir semejantes dispositivos?

 

El salar de Uyuni constituye una de las mayores reservas de litio del planeta, un metal muy ligero capaz de generar energías limpias, sin residuos radioactivos, con el que se fabrican las baterías de los teléfonos móviles, cámaras de registro audiovisual, ordenadores y demás pantallas de mediación con la realidad, así como vehículos eléctricos. Pese a su gran tradición minera, Bolivia ha sido históricamente dependiente de otros países, al carecer de infraestructuras que permitieran un aprovechamiento sostenible de unos recursos naturales extraordinariamente ricos que siempre han acabado beneficiando a otros. Pero el litio se ha convertido en un recurso estratégico de primer orden, de ahí que su explotación integral constituya la gran esperanza de bienestar y desarrollo para un país que sigue figurando entre los más pobres de América Latina. El llamado oro blanco del siglo XXI se encuentra en el punto de mira de las grandes multinacionales, de modo que el viejo lago salado del antiplano andino se podría transformar en uno de los grandes centros energéticos de la Tierra.

 

El montaje en capas de esta serie posibilita sacar a la superficie el objeto de ambición, haciendo visible la historia que se esconde detrás del paisaje, para plantear una reflexión sobre la construcción o, en este caso, la destrucción del paisaje y la pervivencia de nuestro actual modelo de consumo, dominado por un capitalismo voraz que, si bien necesita resolver con urgencia sus necesidades energéticas, sigue haciendo prevalecer los intereses económicos sobre los medioambientales. Mientras el proyecto Independencias mostraba la infinidad de sujeciones que caracterizan los diferentes modos de vida en las grandes ciudades, High Energy profundiza en la dependencia del “primer mundo” hacia los demás, ya que son, como sabemos, los países olvidados por la economía global los que suministran materia prima al conjunto del planeta. Paradójicamente, el lugar que proporciona la energía destinada a alimentar todas aquellas tecnologías de las que dependemos –verdaderas prótesis de nuestro cuerpo–, acaba dando contenido a eso que Marc Augé definió como “no lugares”, aquellos espacios de aprovisionamiento, tránsito, circulación acelerada y ocupación provisional que nos dan la medida de la época, generando “una comunicación tan extraña que a menudo no pone en contacto al individuo más que con otra imagen de sí mismo”[3].

 

El espacio es profundamente frágil y aunque el tiempo sea responsable de su desgaste, la acción humana resulta mucho más destructiva. Miguel Ángel García traza una cartografía de la avaricia que nos habla de la apropiación por parte de determinadas élites de las riquezas que la naturaleza nos proporciona, de la conquista del espacio y de su consecuente transformación evolutiva o involutiva.

 

High Energy. Hermosas panorámicas de naturaleza virgen reconvertida en vertedero humano. Mise-en-scène anti-romántica. Ruinas al revés. Paisajes anticipados. Creo que fue el propio Robert Smithson quien afirmó que el artista busca la ficción en una realidad que, tarde o temprano, esta se encargará de imitar.

 

 


[1]. Robert Smithson: “A Tour of the Monuments of Passaic, New Jersey”, Artforum, December 1967.

[2]. Ann Reynolds: Robert Smithson. Learning from New Jersey and Elsewhere. Massachusetts Institute of Technology, 2003. p. 89.

[3]. Marc Augé: Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Gedisa, Barcelona, 2000. pp. 84-85.