ESPEJISMOS VISUALES
MARTA
MANTECÓN
“La razón respeta las diferencias y la imaginación, la similitud de las cosas”
Percy Bysshe Shelley
Esta cita fue recogida por John
Berger como introducción a su ensayo sobre las apariencias en la fotografía[*].
El crítico de arte británico sostiene que éstas pertenecen a un sistema natural de afinidad derivado de una serie de leyes estructurales y dinámicas universales, por las
que “un trozo de roca puede parecer una montaña; la hierba crece como el pelo; las olas tienen forma de valles; la nieve es cristalina; el crecimiento de las nueces se ve constreñido dentro de sus cáscaras, un poco como el crecimiento del cerebro en el cráneo; todas las patas/piernas y pies que sostienen, ya sean estáticos o móviles, visualmente se hacen referencia unos a otros, etc., etc.”; pero también a un sistema perceptivo que organiza la experiencia mental de lo visible gracias a la memoria, que constituye su energía primordial.
Esta idea constituye la matriz del trabajo emprendido por Miguel Ángel García en Islandia bajo el epígrafe genérico El paisaje dual. Tal adjetivo,
por definición, hace referencia a la reunión de dos caracteres o fenómenos distintos. Así, el fotógrafo lleva a cabo un proceso de reconocimiento de la naturaleza cambiante que singulariza este territorio insular y lo materializa en una serie de imágenes agrupadas en pares fotográficos, ofreciendo un repertorio de semejanzas y equivalencias formales obtenidas de paisajes que, en esencia, poco tienen que ver entre sí.
Estos parajes inhóspitos, muchas veces en estado virginal, donde el ser humano adquiere una presencia mínima, le proporcionan el contexto ideal para encontrar afinidades y correspondencias visuales con las que traducir las sensaciones percibidas. El autor es testigo de cómo, en ocasiones,
la naturaleza parece confabularse, convirtiéndose en espejo de sí misma, reflejándose y reproduciendo sus formas en tiempos y espacios diferentes. Mientras, la mirada del fotógrafo encuentra su réplica en la imagen-huella que le proporciona la cámara, de modo
que se produce un proceso doblemente “dual”: el proporcionado por el paisaje especular y el que se origina con el registro fotográfico.
Se plantea entonces un ejercicio sincrónico donde las analogías y concordancias formales permiten asignar cierto orden al caos inherente al medio natural.
Cada par fotográfico no sólo funde tiempos y espacios, sino también escalas. La perspectiva adoptada es casi siempre frontal y el formato alargado de las imágenes otorga una mayor monumentalidad a los fragmentos de naturaleza retratada, potenciando asimismo la saturación de los colores, la rotundidad de las formas y la nitidez gráfica de cada composición.
Miguel Ángel García se aleja de la “imagen-acontecimiento”
para situarse en un plano icónico atento a la bilocación formal, que reemplaza el carácter fugaz del instante significante o decisivo por un proceso de abstracción, donde las formas trascienden su mera identificación con un fenómeno espacio-temporal concreto. Se trata, por
tanto, de una reivindicación subjetiva del paisaje -que, como sabemos, es siempre una construcción de la propia mirada-, de ahí que cada una de estas parejas de imágenes no sean otra cosa que instantes poéticos nacidos de espejismos visuales donde la imaginación y la memoria se alían con la naturaleza duplicada.
* Berger, John: “Apariencias”, en Otra manera de contar, Mestizo, Murcia,
1997, pp. 81-129.
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