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CUESTA CREERLO

ISABEL DURÁN

 

¿Cómo contar la historia de una persona? ¿Comenzamos hablando de dónde nació? ¿Quizás mencionando su ciudad o pueblo y las costumbres que allí había? ¿Seguimos buscando en su infancia, investigando sobre su familia…? Podríamos preguntarnos por sus intereses, trabajos o estudios, etc. ¿Y si todo ello se borra?, ¿si no queda nada?


Si a una persona se la saca de su lugar y familia de origen, se la lleva a otra parte, se la convierte en mercancía para terminar siendo fuerza de trabajo, se le cambia el nombre, se le asigna un dueño… Si resiste, sabe que sus hijos serán propiedad de su dueño y que probablemente se venderán a otros que ejerzan la misma forma extrema de dominación y poder de un hombre sobre otro, serán esclavos. Sobre ellos la fuerza se convertirá en un derecho y la obediencia será su deber.


Malik no sabe exactamente cuándo nació, parece que en el año 2000 en Somalia. Fue vendido como esclavo en Libia y desapareció. Tras años de trabajos forzados consiguió subirse a una barcaza con camino a Europa. “Si muero, al menos moriré libre”. En 2022 vive en un pueblo de Soria, habla cinco idiomas, está terminando el bachillerato y contribuye con su entorno dirigiendo talleres escolares. Afirma: “Al final, la vida sigue. Es posible salir adelante y quiero ayudar a otros como yo a que lo logren”. 1


¿Qué nos define como personas? ¿El hecho de nacer o de pertenecer a un grupo social? La muerte social es la condición de vida de un esclavo: un ser humano, no considerado como tal socialmente.


Cuesta creer que la esclavitud exista desde los albores de la humanidad, desde el mismo nacimiento de las primeras sociedades. Y aún más que se haya producido y siga produciéndose en casi todas, tanto en las más pobres y primarias, como en las más ricas y desarrolladas. Es así: prácticamente no hay lugar en el planeta Tierra que se haya librado de ella. ¿Cómo puede ser?


Sabemos que las sociedades griega y romana eran genuinamente esclavistas. La España visigoda basaba una parte de su riqueza en la esclavitud, la Venecia y la Génova renacentistas dependían decididamente del trabajo de los esclavos. Y a estas alturas nadie duda de que los valores occidentales que hoy se defienden en la Declaración universal de los derechos humanos (1948) surgieron, junto con el nacimiento del capitalismo, de las sociedades esclavistas más crueles, norteamericanas y europeas. Una paradoja tan asombrosa como real. Los conceptos de la libertad del hombre y de la propiedad privada están asociados íntimamente en su origen con la esclavitud: “El crecimiento de la esclavitud y de la idea de libertad del ser humano en el seno de una misma sociedad ha sido una necesidad socio-histórica, no un accidente”. 2


Nada menos que George Washington o Thomas Jefferson, grandes defensores de la libertad en Estados Unidos, poseían un número importante de esclavos y nunca se arrepintieron de tenerlos, al menos públicamente. Algo similar ocurría en otros momentos claves de nuestra historia, en la sociedad griega clásica, por ejemplo, mientras afloraba un pensamiento que buscaba, definía y defendía que el ser humano sería libre a través de la cultura y la sabiduría, la esclavitud estaba por doquier con modalidades muy diversas.


El siglo XIX fue el gran catalizador de la definitiva abolición del periodo más duro de esta parte de la historia. Gran Bretaña, quizás por haber sido la potencia con menos escrúpulos en el trato a los esclavos, promulga la abolición de la esclavitud en las colonias en 1833, arrastrando poco a poco al resto de países europeos como Holanda, Francia, España o Portugal, estos dos últimos los más rezagados.
En el marco de nuestra sociedad occidental seguimos viviendo esta paradoja. Convivimos con una esclavitud nada oculta, al tiempo que la denostamos y reprobamos abiertamente. Es difícil encontrar políticas determinadas y eficaces en un nivel global. Hay multitud de denuncias, las leyes la condenan decididamente, pero la esclavitud existe y no es marginal.


La esclavitud nace al tiempo que la libertad del hombre y se desarrolla igualmente, la contradicción es tan terrible como real. Comprender su naturaleza es difícil, tanto por lo que supone de análisis de los cientos de sociedades que la han tenido y tienen, como por lo complejo que resulta aplicar un juicio actual sobre tantas realidades diversas, algo tan anacrónico como posiblemente genérico y superficial.


Miguel Ángel García, con valiente determinación, se acerca al tema a través de El Gran Experimento, un término que reproduce literalmente el que se empleó en la isla de Mauricio (dominio colonial de Gran Bretaña) en 1834.  Consiste en un proyecto artístico que analiza críticamente y traza el relato de vida de aquellos a los que se les engañó dándoles una falsa libertad a cambio de renunciar ¡temporalmente! a la que casi no tenían.


Los coolies, así se llaman los que participaron del Gran Experimento en la isla de Mauricio, provenían principalmente de India. Fueron extraídos de sus lugares de origen, transportados como mercancía y obligados a trabajar como máquinas sin salario a cambio de la libertad que tenían cuando nacieron. Hacía falta mucha mano de obra gratis en la colonia británica de la isla de Mauricio para el cultivo del azúcar. Habían llegado a través del océano, un mar de plomo fragmentado en la obra de García. Un mar en el que se quedaron muchos de ellos por las durísimas condiciones del viaje. Al comprobar que el 70% de la población actual de Mauricio son sus descendientes podemos hacernos una idea de la dimensión de la tragedia.
Una de las deudas con las que nacemos los seres humanos es reconocer a los esclavos como personas, algo que no pudieron ser en plenitud durante sus vidas. El relato artístico que nos plantea Miguel Ángel García consiste en contar desde la fraternidad la historia de aquellos que vivieron socialmente muertos. Sólo podían trabajar, eran mercancía y fuerza de trabajo. Pensar que El Gran Experimento pudo templar culpas y aligerar conciencias cubre todavía más de tristeza e indignidad nuestra historia.


El medio fotográfico en el que se mueve García hace presente el pasado en este proyecto. Pensar y sentir certeramente desde nuestro hoy el pasado no siempre es fácil. El arte es un buen camino a transitar para llegar a lo importante, a lo decisivo. Los hechos puntuales trascendidos se convierten en cuestiones universales que saltan la barrera del tiempo.


Hay cosas que sabemos que tienen una imagen similar ahora a la que han tenido a lo largo del tiempo. Esto es: el aspecto del mar como gran masa de agua es igual a lo que veían los esclavos en sus traslados forzosos. El azúcar y los árboles, tan maravillosamente fotografiados por García en Mauricio, son los mismos que vieron los hijos del Gran Experimento. Por ello, las imágenes del mar, del azúcar y de los árboles de El Gran Experimento como proyecto artísticonos acercan emocionalmente a nuestros antepasados esclavos, ya que sentimos que vemos algo como ellos. Compartir es un rasgo central de la experiencia artística.


Una serie de fotografías intervenidas fueron el origen de las series Un aire colonial y Pintada está mi casa que conforman dos capítulos centrales de la propuesta artística. Son dos formas de entender el medio en el que se desarrollaban las vidas de unos y otros. Una comparación elocuente.


Compartir es el principio activo de El Gran Experimento que une la eficacia del medio fotográfico y a la voluntad del artista de incluirnos en un relato del pasado a través de una historia concreta. Un relato que continúa hoy, una esclavitud con la que, digámoslo claro, aún convivimos.


Esta exposición es un homenaje a los que nunca existieron socialmente, un tributo a los que no existen ahora, y la expresión del deseo de que una herramienta tan poderosa como es el arte sea capaz de hacernos comprender cómo somos.

Notas:
1.- Cfr. Marti, Rafa: Malik, de ser vendido como esclavo en Libia a hablar 5 idiomas y estudiar Bachillerato. El Español, 17 de abril de 2022.
2.- Patterson, Orlando: Slavery and Social Death. Harvard University Press, Cambridge y Londres, 1982, pg. XIII.

Bibliografía
- Seymour Drescher: From Slavery to Freedom. Macmillan Press Ltd., Houndmills y Londres, 1999.
- Consuelo Naranjo y Miguel Ángel Puig (eds.): La esclavitud y el legado cultural de África en el Caribe. Doce Calles, Madrid, 2020.
- Orlando Patterson: Slavery and Social Death. Harvard University Press, Cambridge y Londres, 1982.
- Eduardo Soler: Diccionario enciclopédico de la esclavitud. Raíces, Madrid, 2021.