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CONSTRUYENDO MAPAS URBANOS

JOSÉ MIGUEL G. CORTÉS

“No orientarse en una ciudad: esto quizás sea poco interesante y banal. Para esto se necesita desconocimiento… y nada más. Pero perderse en una ciudad –igual que uno se pierde en un bosque- es algo que requiere una formación muy distinta. Para ello, letreros y nombres de calles, transeúntes, tejados, quioscos o tabernas tienen que hablarle al callejeante como ramas que crujen en el bosque bajo sus pies, como el espantoso grito de un avetoro a lo lejos, como la súbita calma de un claro del bosque en cuyo centro un lirio ha brotado”.

Walter Benjamin

          Cada día más la sociedad contemporánea se está concentrando en enormes aglomeraciones urbanas uniformadas e igualatorias. Si tenemos en cuenta los últimos estudios de la Organización de Naciones Unidas, en estos últimos años más del cincuenta por ciento de la población mundial ya vive en ciudades. Nuevas ciudades que se van a convertir en verdaderas metrópolis en las que se reunirán varios millones de personas originando graves problemas económicos, de servicios sociales y de integración cultural. Las ciudades (o metrópolis) son el lugar geográfico de concentración humana y de producción económica más importante, así como el espacio social de relación de las muy diversas culturas y formas de vivir de los diferentes sectores sociales. Unas nuevas urbes metropolitanas que serán los nuevos paisajes de experiencia en los que se va a desarrollar la existencia humana. Las ciudades, especialmente en Latinoamérica y Asia, aunque también en Europa, están sufriendo un acelerado proceso de urbanización que está produciendo un desbordamiento caótico de lo que se entendía, hasta hace muy poco tiempo, eran los bordes de la propia ciudad. Asistimos a una expansión sin límites del dominio urbano que escapa a toda noción de territorialidad y que extendiendo sus redes y sistemas estructurales, se apodera del espacio circundante originando un orden propio.

          Se trata, según explica el urbanista Mike Davis, de una expansión “caníbal” de lo urbano, de la destrucción de su entorno natural y del abuso de sus recursos, de la pérdida de las fronteras entre la ciudad y lo que no es, de la confusión cada día mayor entre esfera pública y dominio privado, de la estandarización de las normas y actitudes, de la homogenización de las redes de información y los valores culturales, de la creación de un hiper-espacio de ciudades invisibles y mundos virtuales..., todo lo cual parece ser la consecuencia directa de una supuesta ordenación espacial racional y en permanente y constante ampliación. De esta manera, tal y como escribe el profesor Edward W. Soja, la normalización arquitectónica y la unicidad cultural parecen ir desbordando todas las predicciones y expectativas en la capacidad de ir creando esa extensa red de ciudades globales e interconectadas altamente tecnificadas y al servicio de los sectores económicos y sociales más potentes. Unas ciudades poco a poco más vigiladas (que ponen el acento en la seguridad y la exclusión del “otro”) y más simuladas (al tratar de estructurar normativamente la memoria, el imaginario y la conciencia urbana).

          Intentar analizar la urbe contemporánea significa tener presente múltiples niveles de lecturas diferentes, experiencias diversas y estratificaciones sociales complejas que no quedan incluidos en planteamientos estrechos o sectarios. Por esa razón, frente a las geografías de la exclusión donde se prima (producto de una época de fragilidad y vulnerabilidad como la actual) la reafirmación de la identidad y la cerrazón de las fronteras por encima de valores participativos e inclusivos, es interesante proponer sacar a la luz algunas de las cartografías diferentes, disidentes y/o minoritarias, aunque cada vez más amplias, que parecen no contar en los mapas geopolíticos mayoritarios elaborados desde un poder omnipresente aunque, generalmente, invisible. Los enormes espacios urbanos, que configuran las ciudades actuales, están repletos de lugares y áreas, experiencias y grupos sociales (marginados o marginales, efímeros o poco conocidos), que se van multiplicando en barrios y zonas cada día más amplios. Las calles de las actuales metrópolis son escenarios de las relaciones de poder (de visibilidad y de espacio) que se establecen a partir de las diferencias de clase, de género, de raza, de opción sexual...  y que pugnan por construirse socialmente. Las plazas, los espacios públicos, las urbes, son los lugares donde mejor se ve representada la fragmentación social y el desorden ciudadano, donde más claramente se evidencian los conflictos a favor y en contra de la diferencia o la pluralidad.

          De acuerdo con uno de los planteamientos más interesantes del filósofo y activista francés Guy Debord, yo también considero que la búsqueda de una nueva manera de vivir es una de las pocas cuestiones que sigue siendo verdaderamente apasionante; y, si en algún sitio es posible intentar modificar la vida cotidiana, es en las ciudades. Unas ciudades que no son un mero escenario en el que de vez en cuando suceden los más diversos acontecimientos, sino el resultado conjunto de la acción y del discurso de los diferentes sectores sociales que en ellas conviven. Unas ciudades que condensan, articulan, conforman y son conformadas por el cuerpo humano, como un organismo que configura mapas cognitivos, sensoriales y/o sexuales. Así, mediante las formas arquitectónicas extendemos nuestros cuerpos, prolongamos nuestras pieles, dilatamos nuestros deseos y nos hacemos más conscientes de nuestra corporeidad. Sin embargo, los espacios no contienen significados inherentes, más bien estos les vienen dados a través de las constantes actividades que en ellos desarrollan los diversos actores ciudadanos.

          Entiendo que la ciudad es sobre todo un conjunto de significados, un cúmulo de experiencias, que no existen por sí mismas, sino que son producto de las prácticas que llevan a cabo las diferentes personas en un tiempo y en un espacio (urbano) determinado. Sin embargo, a menudo, la cultura arquitectónica tradicional ha mantenido reprimidas las diferencias y ha conservado el espacio esterilizado como una economía técnica bajo el control del mito de la arquitectura proyectista. De igual modo, la jerarquización de los espacios se mide tanto por las relaciones que en ellos se establecen, como por la elaboración de referencias simbólicas que se utilizan o por las personas que los ocupan. Los distintos espacios urbanos tienen distintos significados y representan distintas relaciones de poder que varían con el tiempo; por esa razón, podemos favorecer y propiciar la creación de espacios excluyentes o de convivencia, alentar la complicidad entre las diferentes realidades que conviven o generar aislamiento y exclusión. Por ello, es interesante intentar deconstruir esa visión de la ciudad como un espacio neutro, y sin historia, en la que subyace una concepción atemporal y deslocalizada que tiene la pretensión de crear categorías universales de validación. La cual, conlleva una falta de percepción de las distintas identidades y de las diferencias entre ellas, al tiempo, que es una apuesta decidida por la globalidad y la universalidad como valores generales válidos para cualquier situación y lugar.

          La arquitectura y la construcción de entornos urbanos no son un mero objeto proyectado, sino una forma de representación que se compone de imágenes y textos; son creaciones culturales, ya que tanto el proceso de construcción como las formas planteadas expresan valores ideológicos y conllevan normas de comportamiento y relación que dotan de contenido muy específico a la ciudad. Los espacios surgen de las relaciones de poder que establecen las normas; y las normas definen los límites que son tanto sociales como espaciales, porque determinan quién pertenece a un lugar y quién queda excluido. Como escribió el ensayista mexicano Carlos Monsiváis, “La ciudad se arma en virtud del equilibrio entre los poderes y las cartografías disidentes, entre las disculpas y los actos de resistencia”. En ese sentido, la forma y la estructura de la ciudad orientan y ayudan a organizar las relaciones familiares, sexuales y sociales, coproducen el contexto en el cual las reglas y las expectativas sociales se interiorizan en hábitos para asegurar la conformidad social. El espacio, por ello, no es algo inerte, sino un lugar cambiante y significativo en la construcción de la identidad. La ciudad es un conjunto de identidades que se suman, se confrontan o viven de forma más o menos aislada unas de otras.

          Por esos motivos, es necesario reinterpretar y reestructurar el espacio construido, y más que de ciudad, hay que empezar a hablar de las diferentes “ciudades” que existen en cada una de ellas, distintas según las diferencias económicas, sociales, culturales, sexuales... de las personas que las habitan. Evidentemente, la ciudad es lo construido, aquello más objetivo y visible, pero también es lo constituido por los usos sociales, las normas y las instituciones. Por ejemplo, la casa, puede ser (depende para quién y en qué condiciones) un lugar seguro, un espacio donde esconderse o una trampa; igualmente, las calles y los parques para algunos son espacios de liberación y descubrimiento, en cambio para otras pueden resultar lugares inaccesibles o peligrosos. Por esa razón, deberíamos ser conscientes de que no se vive el espacio doméstico del mismo modo ni habitan la misma ciudad un joven sin empleo que un empresario, un hombre que una mujer, un europeo que un inmigrante, un matrimonio con hijos que un gay o una lesbiana, una persona mayor que un adolescente..., cada uno/a lleva consigo un conjunto de aspectos que condicionan sus vivencias sociales y personales. Es, por tanto, la suma y la pugna entre todas esas posibles ciudades las que conforman la “ciudad” en que vivimos. Es necesario hacer visibles a los sectores desposeídos y entender los espacios públicos como una oportunidad para crear áreas de relación y espacios de mezcla multifacética de la realidad ciudadana.

          En todo este proceso de redefinición del espacio urbano, es fundamental la complicidad de la arquitectura (ya que la organización del espacio y del tiempo posibilita la estructuración de la disciplina corporal), para elaborar diversas técnicas que consigan fijar a la gente en lugares precisos y reducirlos a un cierto número de gestos o hábitos. Esta dimensión espacial del poder se da de forma harto evidente, tal y como explicó Michel Foucault, en las denominadas instituciones disciplinares (tales como hospitales, escuelas, fábricas, asilos, prisiones...), pero con una clara tendencia a extenderse a toda la estructura organizativa. La arquitectura crea los lugares donde se desarrolla nuestra existencia cotidiana, establece un orden y origina unas fronteras que conllevan la construcción de un mundo determinado y la manera como lo vemos. De este modo se ayudan a construir y reproducir las relaciones de poder, a reflejar las identidades, las diferencias y las pugnas de sexos, razas, culturas, edad y/o clase social. Ya que el concepto de espacio no es ni un grupo abstracto ni homogéneo ni arbitrario de relaciones, bien al contrario, nuestro entendimiento del espacio emerge de la acción. El espacio se define como una cierta posesión del mundo por el cuerpo; el cuerpo y su entorno (como producto cultural) transforma y reinscribe el paisaje urbano en función de sus necesidades (demográficas, económicas y psicológicas), lo cual destierra las explicaciones esencialistas del espacio o de las formas arquitectónicas. En ese sentido, las formas constructivas nunca son arbitrarias, y todavía menos inocentes pues, cada proyecto construye significado, no existen zonas autónomas o neutrales. Los contenidos y significantes de un lugar están constantemente construidos y reconstruidos a través de la acción de la vida diaria, las formas urbanas son un "espejo" social que ayuda a constituir o transformar la realidad.

          En los últimos años se ha generalizado y afianzado una concepción de la ciudad entendida como un enorme mercado de simulación y mercantilización de cualquier actividad, donde triunfa la homogenización y la vigilancia permanente de todos los movimientos en unos espacios que parecen haber perdido la memoria para dar a entender que tan sólo existe un presente continuo. Un presente, surcado por un universalismo tecnológico que tiene, tal y como explica Gilles Deleuze, la pretensión de homogeneizar todas las experiencias y abolir cualquier atisbo de discrepancia. Actualmente, en las ciudades occidentales contemporáneas es profundamente hegemónica una visión que deja a gran parte de la población fuera de los beneficios que el espacio urbano pudiera representar. Muchos de los habitantes de las grandes ciudades no son verdaderamente ciudadanos de pleno derecho pues, sus necesidades sociales, económicas, políticas o vivénciales no están atendidas; sus prácticas son anuladas, sus espacios negados, sus proyectos ninguneados y sus identidades amordazadas. Y ahí es donde se sitúa el debate y la confrontación ideológica y cultural, ahí es donde se posicionan las aportaciones desde el mundo del arte y de la cultura que pretenden dar a conocer visiones distintas a las mayoritarias, planteamientos disidentes y proyectos mutantes que desean cambiar la configuración de nuestras ciudades para hacerlas más habitables, más solidarias y más plurales. Y para ello, hay que dar respuesta tanto a las discriminaciones socio-económicas como a las marginaciones por razones ideológicas, de raza, de sexo u opción sexual.

          El espacio urbano es el lugar privilegiado donde la intervención macropolítica y la micropolítica pueden encontrar áreas convergentes e interdependientes, donde se concreten las transversalidades que no olvidan lo global (el entorno social) ni tampoco lo molecular y subjetivo (la ecología mental), ya que la crítica al poder central no puede ir desligada del cuestionamiento de las experiencias y las prácticas de la cotidianeidad. Por esa razón, es tan importante prestar atención a este fenómeno socio-cultural que representa la ampliación desmesurada de las ciudades y comprender qué alternativas y respuestas se están planteando desde el mundo del arte o de la arquitectura. Ya desde la época de las vanguardias artísticas a inicios del siglo veinte los artistas plásticos han estado muy atentos a los cambios y las transformaciones urbanas. No es raro encontrar cuadros, dibujos, películas o esculturas con evidentes referencias a la vida urbana de cada momento. Este interés no ha cambiado sustancialmente, más bien al contrario, los artistas contemporáneos ven en la ciudad un lugar de referencia para sus intervenciones artísticas. Unas intervenciones que están conformadas por muy diferentes planteamientos, que van desde los más imaginativos o soñadores hasta los más sociales o específicos vinculados a un fenómeno concreto.

          Sea como fuere, lo que es cierto es que la ciudad es el escenario de sueños, quimeras y deseos de un buen número de artistas que desean incidir en la contemporaneidad y dar su visión sobre lo que en ella está sucediendo. Así, y ante las “soluciones” de una práctica arquitectónica caracterizada históricamente por aportar ideas que pretenden ordenar, racionalizar, organizar y controlar el espacio urbano y las relaciones que en él se establecen, hoy en día existen otros proyectos (artísticos, arquitectónicos o espaciales) que desean ofrecer alternativas mucho más ambiguas y múltiples con significados más abiertos y plurales, imprecisos e indefinidos, que no se adecuan ni a criterios ni a límites claramente determinados. De este modo el espacio urbano, las ciudades contemporáneas, son entendidas como lugares que respondan a las características cambiantes y fluidas que vertebran la identidad de sus habitantes, lugares de libertad y convivencia de todos los sectores sociales y grupos por minoritarios que éstos puedan ser. 

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       Históricamente, los mapas elaborados en las distintas comunidades son códigos de representación muy pautados y ordenados que intentan explicar el mundo y conservar la memoria de los lugares en los que viven a través de su trascripción geográfica más básica. Son mapas que pretenden ordenar el territorio, orientarnos geográficamente y trasmitir, de un modo más o menos evidente, elementos de contenido ideológico y social. Sin embargo, existen otros mapas que lo que desean es intentar crear cartografías que traten no tanto de aspectos topográficos como de elementos autobiográficos individuales o colectivos y que nos hablen de las problemáticas de los diferentes sectores sociales en un espacio determinado. En nuestros viajes (reales o ficticios) no siempre descubrimos nuevos mundos, pero si trazamos a menudo diferentes líneas que nos permiten ir reconociendo un mundo en perpetuo cambio, unas ciudades en incesante transformación. Por ello, siempre solemos viajar con diferentes mapas, algunos que poseen un carácter universal o común y otros que son más particulares o concretos. De la simbiosis de ambos solemos extraer enseñanzas y experiencias que nos sirven en nuestro devenir para la creación de distintos planos. Es un permanente proceso para el que llevamos con nosotros un atlas personal en nuestra cabeza que, de algún modo más o menos inconsciente, dirige nuestros pasos y evidencia nuestra creencia en la validez de la exploración de diferentes territorios.

          Es este un intento por elaborar mapas simbólicos que sugieren el sentido de lugar y que proponen dimensiones quizás menos visibles, pero más evocadoras. Así entiendo que, para orientarnos en esta maraña de lugares, espacios y sitios que conforman las ciudades, la geografía –como la memoria- es asociativa y que necesitamos ir saltando hacia adelante y hacia atrás entre el paisaje y el tiempo, el urbanismo y la emoción, el conocimiento y el comportamiento para poder trazar las huellas de nuestros propios mapas. Me estoy refiriendo a algunas de esas cartografías diferentes que viven en cualquier ciudad o en cualquier barrio y que hablan de esas experiencias y sectores que están pero parecen no existir, de cartografías olvidadas e invisibilizadas que van mucho más allá de los límites geográficos, urbanísticos o demográficos, ya que en el espacio urbano se proyectan múltiples formas de vida y maneras de actuar o de expresarse que superan los límites encorsetados que se le quieren imponer en las topografías al uso. Estoy convencido que la imagen que cada un@ tiene de una ciudad es una especie de mapa y es éste mapa el que se habita, no la construcción física específica que organiza los espacios y edificios. Las personas viajan por sus imágenes de la experiencia y del entorno; de este modo, el espacio de la ciudad es, en primer lugar y sobre todo, un espacio psicológico. Así, y de acuerdo con lo que escribió Walter Benjamin, lo realmente  importante es tratar de crear un mapa de la ciudad que esté basado en las experiencias y en los recuerdos más que en la situación de sus calles o plazas.

          Es en este sentido en el que me parece que habría que entender el proyecto Independencias de Miguel Ángel García ya que no tiene la intención de que hablemos tanto del levantamiento de un plano de una ciudad física concreta, como de la plasmación de la vida que transcurre sobre el entramado urbano de las diferentes ciudades esbozadas o imaginadas. A partir de elementos banales y sencillos (tales como chimeneas, claraboyas, antenas parabólicas,…) que se repiten en los tejados de múltiples edificios de todas y cada una de las capitales de la Unión Europea, Miguel Ángel García hace visibles (rojo sobre blanco) aspectos que permanecían escondidos o pasaban desapercibidos, objetos que por grandes que fueran o repetidos que estuvieran no llamaban nuestra atención, no éramos capaces de verlos. Elige un punto de vista particular y proyecta su mirada sobre la ciudad elegida mostrándonos otra manera de visionarla, otra perspectiva para soñarla e interpretarla. Nos descubre perspectivas inadvertidas y construye mapas desconocidos de ciudades que creíamos conocer bien. Sus imágenes nos llaman la atención sobre la riqueza de las diferentes perspectivas que puede llegar a albergar una ciudad. Pensábamos que todas las ciudades son o parecen iguales y sin embargo, nuevamente, nos damos cuenta de cómo son de diferentes. Con esta serie Miguel Ángel García nos advierte de la riqueza de miradas que se cobijan en las veintisiete capitales de la Unión Europea y nos muestra alguna de sus especificidades, sus diferencias o independencias que las enriquecen.

          Viendo esta serie de imágenes me viene a la mente que no hay que olvidar que uno de los mayores interrogantes que tenemos planteados al intentar comprender las ciudades actuales, es el saber si, algún día, dispondremos de nuevos mapas que nos permitan orientarnos en el espesor de las situaciones construidas y no sólo en la delgadez de su superficie. Para conseguirlo, hay que tener en cuenta que las relaciones entre las personas ocurren en lugares específicos y que por lo tanto, la elección de los espacios, de los recorridos o de las perspectivas, tiene una gran importancia a la hora de construir la identidad de un lugar pues, ninguno de ellos es neutral o aséptico. Más bien al contrario, todos los elementos que conforman la experiencia de una ciudad, por pequeños o insignificantes que parezcan (desde los iconos hasta los edificios, pasando por las conmemoraciones, los emplazamientos o los signos), tienen una historia concreta, poseen un significado específico para cada habitante y le ayudan a construir su memoria individual y, también, la colectiva. En ese sentido, la ciudad (cualquier ciudad) se nos presenta como un collage de recuerdos o experiencias discontinuas y fragmentadas en el cual cada persona tiende a perderse constantemente. Y aunque es cierto que el paisaje urbano se constituye como una historia pública, también lo es que la memoria individual es relativa y excluyente, selectiva e interesada, varía de sector social en sector social y de época en época. Y en este vaivén de recuerdos y olvidos, la memoria privilegiada es la memoria retenida, expuesta, hecha presente, y su cara opuesta es la memoria ausente, invisibilizada, no explícita.

       Básicamente, uno de los objetivos más deseados de cualquier mapa es tratar de dotar de topos, de lugar, de ciudad, a muchos de los sectores sociales que no la tienen y evitar que la pierdan quienes todavía la poseen. Especialmente ahora que vivimos en una época donde la vida en la ciudad contemporánea es entendida como una existencia planteada en un permanente presente, donde la dimensión temporal es parcializada y reducida a episodios autosuficientes, en el que el pasado (entendido como historia) es eliminado. De este modo, las experiencias urbanas aparecen insertas sin solución de continuidad, el tiempo y el espacio son comprimidos y privados de auténtico significado; todo deviene presente y actual y llegamos a pensar que ha dejado de existir el pasado y la distancia. Por eso, en estas circunstancias es tan importante definir el lugar y el papel de la memoria, de una memoria que no sea sin más la recuperación del pasado, sino su compleja reconstrucción elaborada desde el presente y a partir de procesos de selección u omisión. Así, al redefinir nuestra noción de memoria tenemos que tener en cuenta que más que una inscripción estricta del pasado, debería plantearse como una apertura hacia el porvenir, haciendo visible lo que la sociedad pretende ocultar y desea excluir, todo aquello que intenta acallar.

          En estas últimas décadas hemos ido asistiendo a la emergencia de nuevas cartografías visuales, ideológicas y sociales al margen de las visiones hegemónicas, hemos observado cómo se han ido creando toda una extensa red de resistencias creativas basadas en una apuesta por los cruces culturales,  que le han dado un aire bastante novedoso, plural y multifacético a lo que habían sido hasta ese momento las características de las anteriores propuestas urbanas. Las nuevas cartografías han ido incorporando, poco a poco, todo un conjunto de espacios existenciales, vivencias marginales o geografías invisibles que son elementos constitutivos claves en la convivencia ciudadana y que hasta ahora mismo han permanecido ignorados o arrumbados en los más oscuros rincones de nuestras mentes. Formas de vida y relación consideradas heterodoxas, planteamientos y actitudes disidentes o alternativas, vivencias más emocionales que racionales o más nómadas que estáticas. Diferentes geografías del extrañamiento o del exilio han ocupado y configurado durante mucho tiempo unos espacios que las guías de las ciudades han ignorado.

          Pero en los últimos años la situación está cambiando y podemos empezar a comprobar cómo ante la hegemonía de políticas y prácticas meramente utilitaristas, existen hoy en día (como la propuesta que nos ofrece Miguel Ángel García) muy diversas posibilidades de reivindicación de la complejidad de los fenómenos ciudadanos y de apuesta por una política del espacio basada en la diferencia que intenta crear mutantes escenarios de convivencia en los que la complejidad es entendida como un recurso dinámico de enriquecimiento. Así, abogar por la pluralidad de mundos posibles permanentemente transformados y transformadores, el no tener miedo a apostar por planteamientos vivos y contradictorios o, incidir en una praxis híbrida, multifacética y plural que se oponga a toda intento de estandarización, normatividad o universalidad de las geografías urbanas específicas y de las relaciones socio-culturales que en ellas se llevan a cabo, responde a postulados mucho más democráticos, participativos e integradores que aquellos que organizan actualmente la vida en la mayoría de las ciudades contemporáneas.